Editorial
En este segundo número de la Revista “Jóvenes y más”, hemos querido dedicar una atención especial a una serie de aspectos estructurales que condicionan de forma evidente los procesos de socialización. No vamos a descubrir a estas alturas el peso que las circunstancias del mercado de trabajo o de la vivienda, o la situación económica global, tienen sobre la vida de las personas, ni como ese peso gravita de manera muy especial sobre los jóvenes. Sin embargo, lo habitual para la FAD ha sido incidir más en el contexto de lo cultural, de los valores, del modelo de ciudadanía, dejando el estudio de lo estructural a instancias más especializadas.
Siempre hemos creído que, sin merma de la importancia que tienen los factores económicos o demográficos, por poner dos ejemplos elementales, la resultante final de cómo individuos y grupos organizamos nuestra vida y nuestra convivencia, de cómo condicionamos o resolvemos nuestros conflictos, de cómo tratamos de garantizar nuestra seguridad, nuestra libertad o nuestro futuro colectivo, depende también muy básicamente del modelo ético, ideológico o social en que nos movemos y al que alimentamos. Por eso nos hemos ocupado, y nos seguimos ocupando, del análisis y de la reflexión sobre el mismo.
Pero vivimos una época de crisis grave; un momento en que los condicionantes básicos son más presionantes que nunca; un espacio histórico en el que el margen de la capacidad personal se estrecha, porque los límites en que se ejercita se han hecho más angostos. Lo personal sigue siendo decisivo como siempre; lo cultural no perdió ni un ápice de importancia; pero debemos ocuparnos de las circunstancias estructurales. Porque hay que cambiarlas. Porque no podemos resignarnos a convertir la vida de muchos en un acto heroico.


